FERNANDO GARRIGA
Un loco en fuga conduce una canoa por el Río de la Plata; encogido, a popa, el cadáver de un hombre. La levantadora de pesas decide cambiar la morfina por el cannabis; igual, antes, cambió el deporte olímpico por la repostería. Un caballo sale al paso del caminan-te nocturno; en el silencio que sigue, siente palpitar el mundo. El clan de los enanos, afi-cionado a la historia y a las motocicletas, despierta el recelo de sus vecinos. En lugar de la paga, los jornaleros coyas recibieron la visita de los uniformados; el peor parado yace ahora entre la basura, pero muy pronto se aburre de estarse muriendo, se levanta y em-prende el camino a casa. Hace un cuarto de siglo dijo César Aira que «la primera función del arte es extrañar, romper los hábitos de la percepción y volver nuevo lo viejo». Con Aira, recorre Fernando Garriga los caminos de Juan José Saer, Borges, Di Benedetto, Sara Gallardo, Lucio Mansilla, que corren paralelos a los de Faulkner, Cheever, Joy Williams. Se abren los cuentos de Garriga unos en otros y las historias no llegan al cabo, ni siquiera desembocan. En él, la venganza se convierte en paseo